Viernes , 21 julio 2017
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Muerto Iván, vive Fandiño

Muerto Iván, vive Fandiño

Miguel Hernández le cita de frente, como tú, aunque hoy maldiga a ese toro. Iván, torero de todas las Españas, despierta, y dinos que esa amenaza al cielo con astas de tragedia se ha quedado sólo en eso: en una amenaza.

“Alza, toro de España: levántate, despierta.
Despiértate del todo, toro de negra espuma,
que respiras la luz y rezumas la sombra,
y concentras los mares bajo tu piel cerrada”.

Ivan FandiñoProvechito, ¿era necesario asustar a los astros? “Toro en la primavera más toro que otras veces”, también en Francia. No ha pasado una semana y me resisto a asumir las enormes contradicciones de este arte. “Dile a la luna que venga que no quiero ver la sangre de Iván sobre la arena”.

Me resisto a asumir que la muerte en el ruedo engrandece a la Fiesta. Ahora mismo, eso me importa un mojón y los que le admirábamos habríamos preferido que no se hubiera ido tan pronto. El tópico se repite y muchos de los que acuden a él jamás hicieron nada por ni siquiera mantener su grandeza. Y otra vez Lorca: “No se cerraron sus ojos cuando vio los cuernos cerca, pero las madres terribles levantaron la cabeza”.

La muerte de Iván sobre la arena refleja la verdad del toreo, tantas veces vilipendiada por los de fuera y por los de dentro; esa verdad en la que la lucha entre la vida y la muerte están separadas por una fina línea. Y me resisto a asumir que un torero sale a morir a la plaza. Puestos a elegir una muerte insalvable, elegirían siempre esta, pero jamás es su deseo. Y tampoco el de Iván, que quería seguir triunfando, quería continuar trazando sueños desde su retiro de Fuentelencina.

El lunes, tras el funeral de Iván en Orduña, un manto negro cubrió la majestuosa Sierra Sálvada. Los perfiles del Iturrigorri, del Bedarbide y del Txarlazo que escoltaban al torero en su último paseíllo también se cubrieron de lágrimas.

Se rasgó el velo del templo y el último respiro de Iván, como el de Jesús, quedó enmarcado entre oscuras nubes. Así, hasta Burgos. Guadalajara ha quedado huérfana. Iván jamás renunció a sus orígenes vascos, habría sido de necios hacerlo, pero fue agradecido hasta el final con la tierra que le acogió con todo el cariño que esta sobria Castilla es capaz.

Ha muerto una parte de la Alcarria, una parte de Fuentelencina, de Tórtola, y de todos esos lugares que vieron nacer al León de Orduña, señalado a ocupar una parte de la historia sólo reservada para unos pocos. Ha muerto una parte de Brihuega, Sacedón, Pastrana, Jadraque, Cabanillas…

Nestor y Fandiño

Y ha muerto también una parte importante de Néstor García. Sin Néstor, Iván no habría brillado al nivel que lo hizo, y sin Fandiño, Néstor no sería hoy lo que es. En la historia de este arte, que en ocasiones torna en ruin, pocas relaciones tan bellas y apasionantes, quizá ninguna tan de verdad. Se lo pusieron muy difícil, a veces imposible, y entre los dos forjaron una carrera que ha roto para siempre el de Baltasar Ibán.

Ha muerto Iván, pero pervive Fandiño, cuya esencia va a permanecer incardinada en Cayetana, en Mara y, por supuesto, en Néstor. Quedémonos con ese grandioso torero que cumplió sólo parte de sus sueños, porque su historia queda incompleta. “Tengo una cita con la historia y si he de morir, moriré libre”. Lo conseguiste. Descansa en Paz, torero. Goian bego.

Antonio Herraiz

Antonio Herraiz